Hay dos frases que nos acompañan durante un montón de años atrás pero que quizá sólo en estas épocas podremos dar legitimidad en todos los aspectos de nuestra vida.

La primera es el basamento de Heráclito De Esfeso de movimiento natural entre creación y destrucción constante, cuando decía “Lo único constante en la vida es el cambio” o “Un hombre nunca podrá cruzar el mismo río dos veces” argumentando que el perpetuo devenir de la vida hace que lo veamos o queramos, todo evoluciona natural e ineludiblemente.

Allí, la segunda frase de Charles Darwin mal interpretada en otras épocas como “La especie que sobrevive es la más fuerte” cuando al hablar de animales solo hablaba de su capacidad de adaptación. Entonces la real tiene que ver con “La especie que sobrevive es aquella capaz de adaptarse al ambiente o entorno cambiante”.

Es decir que la adaptación juega un papel fundamental en la supervivencia de las especies evolutivas. Y eso es lo que es el ser humano, una especie evolutiva que cuando se lo permite se adapta a su circunstancia real para hacer de ella información para actuar y evolucionar.

Porque eso es lo que es la realidad para nosotros. Lejos de la emocionalidad que podría proveer a cada situación que vamos viviendo, la realidad es una fuente primaria para ubicarnos en en el planteamiento de alternativas, así como en la toma de decisiones.

En tal sentido abrazar el 100% de nuestra realidad no importando lo agradable o desagradable que se presente, es también descubrir el 100% de las posibilidades ante cada realidad que se nos hace presente. La realidad y estar en ella, nos da presencia.

Para mi, en mi circunstancia particular, fue infinitamente relevante tener conciencia real de mis debilidades para descubrir mis fortalezas o de mis dificultades para descubrir los caminos habilitados de manera sencilla para mi y por allí guiarme o simplemente asumir la grandeza de una realidad asumida y superada.

Conocer la realidad es lo único que me permite adaptarme a ella y por tanto evolucionar cuando los estímulos externos del entorno me lo requieren lo más rápido posible.

Tuve que adaptarme a quien era y a funcionar desde allí, no siendo ni mi ideal o mi elección, solamente o vivia en la queja de quien no era o vivía descubriendo “cómo” vivir con lo que si era.

Lo más rápido posible para no perder conciencia de capacidad. Ello, pues movimientos aletargados hacen que la mente veloz ofrezca escenarios no existentes, que aunque viables, van a una evolución más lenta de lo orgánico y por tanto, van dejando sensaciones de inseguridades o de falta de capacidad.

Aún, ir a un ritmo evolutivo, no me impidió dolerme, sentirme, frustrarme e incluso rechazarme que era la base para cualquier otro rechazo hacia mí.

Entonces nos encontramos el primer tipo de innovación que es la “innovación adaptativa” que es fundamental para sobrevivir pero que nos hace dependientes del entorno externo muchas veces para la adaptación y nos demanda mucho esfuerzo, recursos y energía porque no nos prepara sino nos forza, empuja o hala a un cambio sin intención, deseo y en la mayoría de los casos con la resistencia o el anhelo de su inexistencia.

Aquí se requiere el coraje y la constancia en abundancia. Es un proceso muy desgastante y poco sostenible, pero a la vez, muy valiente y digno. Por eso todo aquel que no importando lo que haya ocurrido antes elija, reconocer y adaptarse a su nueva percepción, tiene todo mi respeto.

Este cambio desde la filosofía japonesa lo llamarían “Kensho” o estado de crecimiento por dolor el cual normalmente es gradual, mas costoso, muy notable y más lento. Mientras que en la filosofía griega pudiera estar más asociado con tener foco en el tiempo “cronos” donde la cantidad y los números son más relevantes que las esencias.

La otra forma de evolución es la que no espera, sino que está constantemente buscando la oportunidad desde la mirada interna para evolucionar, no necesariamente en lo notable, sino en lo continuo.

Saber por ejemplo científicamente verificado, que biológicamente todas nuestras células se están reponiendo en días, da clara luz de lo natural que es para nuestro ser evolucionar mientras es un espanto para la mente fija.

En este estado, nuestro cambio se adelanta a cualquier estímulo del entorno viniéndolo desde una decisión intencionalmente interna. De la determinación de la conducción del destino, no hacia un camino determinado, pero si elegido.

Lo cual hace que los resultados no sean para evaluarlos en función de expectativas ajenas, sino para decidir los pasos inmediatamente posteriores a su chequeo o verificación periódica. Quitándole así al mínimo posible, la base de drama emocional para simplemente asumir la vida como datos en un continuo que estamos prefiriendo para nosotros, desde nosotros.

Ello lo llamamos “innovación evolutiva” y en ella los cambios son infinitesimales pero tu celebración es infinita. La disciplina no es rigidez sino rigurosidad, lo que pasan de hábitos a ser rituales apasionantes de avances y los saltos de Fe, aventuras dignas de los saltos cuánticos que producen.

Este cambio desde la filosofía japonesa lo llamarían “Satori” que es crecimiento por insight o desde adentro. Cuando estás enfocado en la construcción de todo lo que eres desde el despertar de la presencia, te deja un estado ineludible de evolución, desde el disfrute y la liviandad. Mientras en la filosofía griega tenemos la referencia del tiempo en “Kairos” o tiempo esencial, “adecuado” o cualitativo.

Siendo esta una situación mucho más placentera y menos costosa, es estratégico ir en su búsqueda, aún sabiendo que no es en su práctica perfecta, sino en el permiso de merecerte la oportunidad de intentarlo, donde se encuentra el tesoro que te regalas al invocarlo.

En mi vida, elegí que fuera mas que supervivencia, la elegí como vida y sus saltos de Fe a mi favor, fueron en los que giraba las velas para que “el viento se colocara a favor”. Pues elegir ser uno más me hubiera llevado notablemente a ser uno menos.

Es por ello que necesité muchas veces ser caos para prevenir la crisis de identidad. Esa crisis que me apagaba, que me hacía sentir perdido en un mundo standarizado hecho para gente igual a ellos y totalmente diferente a mí.

Un caos que no es desorden, sino salir del orden establecido o aprendido. Un caos que no es rebeldía o irreverencia, sino efervescencia por ti mismo.

Ese caos inició en mi siendo la épica de lo grandilocuente, un salto al vacío desde el llenar expectativas de miradas de otros, pero cada día va creciendo en forma del cambio infinitesimal para encontrarme y reconocerme en mi capacidad de ser él, ser yo, ser uno con todo.

Pasó de hazañas imponentes, a consciencia inminente. A cuidados evidentes y a la colaboración apasionante. Del control pesado del protagonismo al disfrutar de la liviandad de alcance pleno y vulnerable de lo grupal.

Ese caos se va haciendo aspiración y esa aspiración se va haciendo entrega. El resultado nunca es resultado, porque la llegada se va moviendo como la vida y me va moviendo con ella.

En ese caos, la innovación es evolución constante en el marco del fluir del ser y del fluir del somos. En ese caos, la crisis aparece cada vez menos, aún cuando al aparecer puede venir con el caos requerido para hacer de ello un mensaje relevante.

Cuando abrazamos nuestro caos interno, el afuera se ordena placido y en cámara lenta frente a nosotros. La vida deja de ser euforia, para erigirse en amor por el todo y cada uno de sus elementos.

Si bien este, no es un estado definitivo y aún así mientras más cerca nos va definiendo.

Maickel Melamed